EL
ENAMORAMIENTO
Resulta muy complicado
definirlo, porque no existe ninguna palabra que traduzca totalmente el
carácter extraordinario y la intensidad de las sensaciones que despierta
el enamoramiento. En efecto, cuando se presenta, es como si todo, por arte
de magia, se encendiese, se cargara de color, se transformara, se
convirtiera en poesía.
La continua sucesión de
emociones confunde, produce turbación e inquietud, que se acompañan de
angustia, deseo y felicidad.
¿ Por qué nos
enamoramos ?
El amor es una de las
necesidades fundamentales del hombre. Del mismo modo que no se puede vivir
sin comida, sin agua o sin descanso.
Al igual que cualquier otro
momento significativo de la vida, el amor nace como deseo inconsciente,
que lentamente se abre camino, preparando y predisponiendo interiormente a
la persona.
Para poder
llegar a una relación amorosa es necesario que se complete ese
proceso de maduración personal que conduce a la
separación. Sólo entonces se habrá alcanzado una
identidad para permitir la
identificación con el otro, siendo conscientes de los propios limites.
Por qué el
enamoramiento se transforma en amor.
El enamoramiento tiene como fin
natural su transformación en amor.El paso del enamoramiento al amor constituye un delicado
momento que contempla a la nueva pareja
en el marco de la realidad, en la que la intensidad de las emociones se
diluye y se enfría, aunque se hace también más profunda: lo extraordinario
se convierte en rutina, adquiriendo sin embargo en la normalidad un sabor
más auténtico, ya que transforma lo provisional en un proyecto de vida en
común, seguramente no tan lleno de emociones desconcertantes, pero con
mayores garantías de estabilidad y duración.
LA INTIMIDAD Y
SU ORIGEN
Hasta hace unos años el
concepto de intimidad se hallaba íntimamente ligado a la sexualidad y al
carácter corporal del amor. Sin embargo, el concepto actual amplía sus
limites, reconociendo también a tal respecto una expresividad afectiva,
intelectual y espiritual.
Las raíces de la intimidad son
profundas. Un niño que ha podido establecer, desde su más tierna experiencia, una
relación afectiva satisfactoria, sabrá cuando sea adulto mantener
relaciones libres y creativas con otra persona en la intimidad. Si, por el
contrario, en el su desarrollo, el individuo se ha encontrado a la
hora de comunicar sus necesidades con una respuesta malsonante, aunque sólo sea por malentendidos afectivos, se verá obligado a
defenderse, privándose así de la posibilidad de un intercambio afectivo
privilegiado.
La intimidad:
cómo la viven el hombre y la mujer.
Tradicionalmente el papel de
hombre ha sido sinónimo de poder y de autoridad, tanto en público como en
privado. Parece como si al hombre no le estuviera permitido manifestar
abiertamente sus emociones, ya que haciéndolo se alejaría demasiado de ese
modelo de virilidad y eficiencia en torno al cual ha girado su educación
desde niño. A pesar de los nuevos modelos propuestos, éste sigue siendo el
comportamiento básico del hombre desde el punto de vista afectivo, del
mismo modo que el papel de la mujer por excelencia sigue siendo el de
atender a los hijos, a pesar de su entrada en el mundo laboral y de una
mayor tendencia a exponerse en materia afectiva.
Sin embargo, bajo esa máscara
de indiferencia y fuerza, existe también en el hombre una profunda
necesidad y búsqueda de intimidad.
El movimiento feminista y la
consiguiente libertad sexual devolvieron a la afectividad y a la intimidad
su dignidad, desplazando la atención del exterior al interior, de la
superficie a la profundidad, de lo social a lo privado.
EL EROTISMO
En el encuentro sexual
desempeña un importante papel el componente erótico, que en el hombre se
despliega con mayor intensidad en el terreno de lo sensorial, mientras que
en la mujer requiere con mayor frecuencia un reclamo adicional, nunca
totalmente desvinculado del registro sentimental.
Siempre se ha dicho que. en el
caso del hombre, la imagen de una mujer desnuda puede ser suficiente para
despertar sus deseos y excitarle, mientras que una mujer puede apasionarse
más en situaciones en las que exista una mayor implicación
emocional.
Distintos son los sueños y las
fantasías que producen la excitación erótica del hombre y de la mujer, del
mismo modo que es distinto el comportamiento durante la experiencia
sexual, ya que el interés del hombre se centra en el carácter físico del
acto, mientras que el de la mujer no puede prescindir de la necesidad de
ternura, que se prolonga y perdura una vez satisfecho el impulso
sexual.
La mujer juega y dirige su
seducción para enamorar, no se conforma con el acto sexual, sino que
pretende dejar una huella permanente que perdure no sólo como recuerdo
sino también como deseo que se renueve continuamente. La mujer, en su
seducción, recurre al perfume, a la crema, elige con cuidado la ropa, el
peinado y el maquillaje que más le favorecen y extiende estos cuidados
también a su casa, a los objetos que la decoran y a las flores que la
adornan.
El hombre, por el contrario, no
suele dedicar tanta atención a preparar el encuentro y la invitación, no
confiere en general importancia a esos detalles.
Podríamos terminar diciendo que
el hombre y la mujer tienen distinta sensibilidad, y sus fantasías y
deseos son también distintos, lo que a menudo da lugar a malentendidos,
incomprensión y disgustos. Ello no excluye sin embargo la posibilidad de
un encuentro, de un intercambio, de un entendimiento que, de cualquier
forma, siempre alegra la existencia y la enriquece. |